LA LLAVE

(Cuento)

Se miran en complicidad, están a punto de entrar en un apartamento que no es el suyo. El hombre no ha dicho nada, pero mira a la mujer reprobándola, no está de acuerdo con la idea, piensa que deben irse. Ella no quiere y ahí están ambos frente a la puerta convenciéndose con las miradas, tratando de tomar la decisión. No hay nadie en el edificio, no hay peatones caminando por las aceras, no hay arañas o pájaros inoportunos, parecen estar completamente solos en el residencial, sin ruidos, ni palabras transportándose en el aire. El día es más claro que de costumbre, hay un resplandor en toda el área que ilumina incluso debajo de la escalera del lobby. La mujer camina un par de pasos y tomando el manubrio con ambas manos lo gira para abrir, la puerta no tenía el puesto seguro, se descubre frente a ella aquel salón en desorden con muebles antiguos tapizados de blanco, donde los recuerdos flotaban en la sutil presencia del viento, y aún perdura el olor del vino tinto con que aquella noche decidió perder el miedo y se desvinculó de su antigua vida para conocer la eternidad de un momento. Recorrió la sala con escalofríos, su corazón le daba vuelcos dentro del pecho porque sabía que él dueño de este apartamento había dejado la puerta abierta para que ella pudiera entrar cada vez que quisiera.

El hombre que la acompañaba se siente horriblemente decepcionado, aseguró que la esperaría afuera y se marchó, no quería ser parte, llevaba consigo una carga de dolor muy pesada como para además sumarle ésta.

Ella pretendía encontrar al dueño del apartamento en algún rincón, oculto como un fantasma, pero sólo pisó sobre el suelo los últimos pasos del baile que hicieron juntos, y se recostó sobre la misma pared que contuvo sus abrazos, sus   manos entrelazadas y la respiración agitada de la costumbre de pronunciar palabras con las con que se hacían daño.

Acarició la madera del baúl que utilizaba para guardar la edad mientras iba envejeciendo, se dejó guiar por un gemido que se quedó prisionero detrás de la puerta de la habitación principal; allí decidió no entrar,  tenía miedo de encontrarse con memorias que no fueran las suyas o con la mujer de la limpieza, en el peor de los casos. Se alejó por el escalofrío de aquel pensamiento y observó por la ventana que daba al parqueo un vehículo estacionarse afuera, vio descender del auto una mujer mal disfrazada de nueva pareja. Le tomó pocos segundos entender que debía apresurarse para salir, sacó sus llaves del bolsillo y se dispuso a cerrar la puerta, giró la cerradura deteniéndose un segundo para pensar, aunque era difícil en ese momento en que debía hacerlo todo con prisa.  Recordó que un par de meses antes, cuando aún no había decidido venir a traspasar su puerta, el dueño de su historia estaba reunido con su padre en esta misma sala conversando sobre los negocios,  sobre las mujeres y sentado en el brazo del sillón tapizado de blanco miraba la puerta que pensó que ella nunca cruzaría de nuevo, y se preparaba un trago que consumía lentamente, sonriendo con tristeza, dejando ver la cicatriz de su encía superior, tenía la mente en otra parte y su padre se daba cuenta, pero le hacía creer que no lo notaba, que sólo le importaba el fútbol.

Compartieron trece años de diferencia entre sus pensamientos, la separación entre dos mitades de una misma vida, la de antes: cuando él se fracturó la última vértebra y la de ahora: en donde evitaba levantar cosas pesadas y trataba de hacer el amor acostado boca arriba porque lo lastimaba más reconocer que le dolía la espalda con el esfuerzo, que tener que ser un poco frío en la cama y a veces también fuera de ella.

La mujer volvió a mover la cerradura para quitarla, dejó la puerta sin llave para que nadie se diera cuenta que estuvo ahí, para que él no supiera que ella quería regresar, pero tenía dudas.  Se guardó la llave en el bolsillo y dio la vuelta para salir del otro lado de la escalera.

La mujer del disfraz bajó del carro unos paquetes que traía con ella,  le cruzó por el lado sin reconocerla,  sacó la sonrisa escondida dentro de su cuadrado rostro esperando ser recibida por alguien que nunca vendría a abrirle, porque aún no sabía que detrás de esa puerta no había nada para ella y esperó con paciencia relajando la sonrisa para volver a estirarla cuando sentía un movimiento del otro lado, cometiendo otro error más que sumar a la extensa lista de los que llevaba en su avanzada existencia.

La mujer salió hacia el jardín para encontrarse afuera con el hombre que la había acompañado. Se sintió triste porque extrañaba una compañía que la desgastaba, que forzaba su mente a cuestionarse cada cinco minutos, ¿por qué, por qué?, esperando respuestas imperfectas que le recordaban que sentir era muy complicado, que amar era más simple; se guardó su palpitaciones para tocar a una nueva puerta de la que no tuviera una llave, para arriesgarse con un extraño que no supiera besar, miró hacia atrás como involuntariamente hacía cada vez y auscultando hacia la ventana del apartamento, vio al dueño, solo, con la mirada perdida de sus ojos de lagarto, fingiendo no sentir lastima por sí mismo, no teniéndole miedo a los sentimientos y pensando en una llave que abre una puerta que nunca estará cerrada para alguien a quien quiere, no sabe por qué, pero que quiere. Mucho.