(Cuento)

-Qué estás haciendo?

-Estoy construyendo algo.  Respondió secamente.

– Qué?

-“una máquina para ser feliz” – pensó, pero en vez de decirlo se volteó cortando con el rabillo del ojo esa pregunta que flotaba en el aire molestándola, aunque se esforzó por disimularlo. El deliberado interés de este desconocido también la molestó y la mirada que le sucedió aún más, no era de su importancia, su pregunta era inapropiada e inoportuna.

Siguió montando algunas piezas de madera sobre la estructura, hace meses entró a su oficina y dijo a sus compañeros de trabajo (sin ninguna introducción al tema) que había decidido aprender ebanistería, algo sin un propósito, sólo porque tenía la idea de edificar algo y se levantaba los hombros con desinterés la tarde que tuvo que explicarle a su familia las razones por las que había comprado una pequeña sierra eléctrica, papel de lija, un serrucho, martillos, clavos y otras herramientas de carpintería.

Al día siguiente fue igual:

–       Qué estas haciendo? – Esta vez no contestó, se encogió de hombros rápidamente, definitivamente era de esas personas que hablaban con sus hombros, y torció un poco la boca indicando con el gesto que bien podía saberlo o no. A pesar de su incomodidad al ser cuestionada por otro, la realidad tenía que bastarse a sí misma, era más que evidente lo que estaba creando.

Hacía meses que tenía ganas de empezar algo, de decirse a sí misma que terminó lo que fuera, que tenía la enorme satisfacción de haber hecho realidad un capricho, un proyecto  diferente donde su personalidad extrovertida, su humor sarcástico y su forma de vestir que había sido considerada inapropiada en el pasado ya no fueran obstáculos para encontrar un espacio en el que se sintiera ser cada vez más ella misma.

Se puso a pensar en las cosas que no estaban funcionando bien y veía la estructura con recelo, cuánto tiempo resistirían en pie todas las piezas laterales sin un techo, ¿es posible existir sólo con una base?. Observaba lo que había hecho mientras caminaba rodeándolo en círculos, con sus dedos enrulaba su cabello naturalmente ensortijado, observaba concentrada calculando el trabajo que suponía terminar aquella cosa enorme con la que se había empecinado.

La gente pasaba a su alrededor sin notar la estructura, estaban demasiado entretenidos con sus propias vidas y sus propias construcciones, no tenían tiempo para modificar su horizonte visual e imprimirle palos de madera a la fotografía del espacio que ocupaba aquel solar antes vacío en sus mentes. Un día se tropezarán con todo terminado y no van a creer que fue posible.

-Cuándo me vas a decir lo qué es?- seguía insistiendo el desconocido. Ella levantaba los hombros de nuevo, respiraba profundo y se volteaba hacia la pequeña persona que hacía las preguntas ocupando con su sombra toda la circunferencia de su existir; gesticulaba con autoridad alguna frase que pareciendo una respuesta amable estaba cargada del sabor de un: “a ti qué te importa?” Y se reía mostrando sus dientes superiores, en una carcajada que mostraba el espacio entre ellos y los inferiores, quizás un poco de su lengua y la embargaba una gran felicidad provocada por ese segundo en que fue insinuadamente descortés pero sin salirse de los parámetros políticamente correctos.  Se levantó enderezando la espalda y orientando su mentón hacia el cielo, se acercaban algunas nubes y pensaba que quizás se quedaría sin hacer nada en caso de que lloviera, qué hermosos son los días lluviosos para ella, tienen algo de la extraña alegría que le pertenece a ciertas cosas tristes. Miraba sus palos de madera amontonados, confiaba en la recompensa que la esperaba cuando concluyera.  Caminó algunos pasos para regresar a su vehículo, tenía acumulados en el baúl rollos con varios metros lineales de incomprensión y de vejez, no una vejez de muchos años, rayando apenas los cuarenta, suficientes para recordarle que su proyecto necesitaba terminarse pronto, le hace falta encontrar un lugar para ser feliz sus últimas décadas.  Puso las manos sobre el guía del automóvil y voló frente a sus ojos un pelo de perro, su pastor alemán sería una buena compañía si pudiera llevárselo con ella todos los días a la obra y en ese momento sonrió de verdad, imaginándose con su fiel amigo en su nueva casa de madera y malla galvanizada,  arrugó su boca en el espejo retrovisor lanzando un beso a la imagen que asomaba dentro de su cabeza y comenzó a moverse a ambos lados con alegría. Pensó que debía regresar temprano a su casa actual aunque quizás nadie, ni siquiera sus hijos, hayan notado que estuvo fuera.

***

Le Tocó montar la red temprano en la mañana, faltaron algunos metros de material para cubrir el techo puntiagudo. ¿Dónde estará el necio que hace las preguntas? pensó observando la entrada. Al otro lado de la calle se encontraba el desconocido mirando los avances, hizo un gesto convencido de que ya sabía lo que ella había construido.

Al terminar de colocar el techo  soltó con alegría todas sus herramientas afuera  y se lanzó corriendo hacia la construcción, se cuidó de entrar cerrando de inmediato la puerta tras de sí a fin de evitar que pudieran salirse los pájaros. Caminó descendiendo unas escalinatas que la conducían a un pequeño jardín interior que descansaba en una corta meseta debajo del techo puntiagudo; el clima dentro de la estructura era completamente agradable y la brisa fresca olía siempre a perfumadas flores y el espacio se volvía placentero en el delicado efecto de penumbra que creaban las mallas. Sintió sueño y se quedó dormida sobre la grama. Despertó luego con la sensación de haber dormido varios meses, al abrir los ojos no entendió completamente porqué seguía dentro de la pajarera, escuchaba los sonidos de las aves que de vez en cuando sobrevolaban buscando desesperadas la forma de salir, el canto intermitente la hacía suspirar en serio, tratando de explicarse a sí misma la ironía de haber construido una jaula para sentirse libre.